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Subjetividad y mutualidad en el encuentro analítico
La dimensión ínter subjetiva, la realidad y la experiencia humana
El problema filosófico de definir la existencia de la realidad, cobra otra perspectiva cuando nos planteamos cuál es la posibilidad humana de tener una experiencia de realidad. En ese entorno, podemos acordar que los humanos, desprovistos de una visión divina o de privilegio, sólo podemos tener una experiencia subjetiva de la realidad cualquiera que esta sea o exista. Al mismo tiempo, lo que nos hace humanos es la posibilidad de organizar y expresar nuestras experiencias subjetivas a través de un lenguaje. Pero no podemos organizar ni definir aisladamente ningún lenguaje como lenguaje privado, sino que a medida que nos desarrollamos, nuestro lenguaje también se construye, nunca resultando en uno privado y aislado del lenguaje de los otros significativos. Filosóficamente el argumento ha sido defendido por Wittgenstein , al plantear que un lenguaje ininteligible para cualquier otro ser, a excepción de su creador, sería ininteligible también para él mismo, pues no podría establecer significado para ninguno de sus signos y quedaría desprovisto de argumentos (Wittgenstein, 1953). A mi entender, este argumento implica también que las verdades relevantes para el humano son siempre verdades consensuales y validables sólo a través de la mutualidad de nuestras experiencias subjetivas. El argumento es además válido para cualquier tipo de conocimiento o explicación científica (Ruiz manresa, 2003).
 
Si bien el argumento de Wittgenstein podría ser debatible en el terreno filosófico, los estudios de observación de infantes apoyan cómo desde los primeros intercambios, la díada del bebé y la madre establecen progresivamente diálogos, más y más complejos, con los cuales establecen sistemas de mutualidad y de validación consensual de la experiencia (Beebe, 2000, Beebe y Lachmann, 1988, 1998, Beebe et al., 1998). Así, desde el comienzo, el lenguaje del bebé está articulado a la experiencia ínter subjetiva con la madre.

Las relaciones humanas nos enfrentan continuamente a la imposibilidad de entender completamente, tanto a nosotros mismos como a nuestros semejantes. La ínter subjetividad impone incertidumbres y múltiples dimensiones de posible entendimiento. Cualquier ejemplo ilustrativo, por extenso y detallado que pudiera ser el relato, no agota las infinitas posibilidades del entendimiento o comprensión brindada por una visión ínter subjetiva. Por ejemplo, la Sra. A, quien perdió al padre hace dos años, ha tratado de convencer a su madre viuda para que se mudara a su vecindario. En la tarea incorporó a dos de sus hermanas.
Recientemente, la experiencia del triste fallecimiento de un solitario vecino de su madre, hizo que ésta finalmente accediera a la mudanza. Entre sollozos, la madre planteó a sus hijas que era doloroso salir de su casa de tantos años, y que por favor, pedía que dejaran claro a sus parejas que ella utilizaría fondos propios tanto para la compra de la nueva vivienda como para su mantenimiento. Este comentario llegó a oídos del suegro de una de las hijas, quien a través del cuñado de la Sra. A, dio a entender a las hermanas que podían estar ignorando los deseos de la viuda, por la comodidad y tranquilidad que les brindaría tenerla cerca. Una de las hermanas de la Sra. A se indignó con su esposo y uno de los cuñados, al suponer que quizás la madre no se había mudado antes por tener temores, fundados quizás, de la posibilidad de ser criticada infundadamente por los yernos, al considerarla una carga económica. Otra de las hermanas se disgustó con la Sra. A por considerar que había causado una tormenta inútil y que su madre realmente estaba mejor como había vivido hasta los momentos. La Sra. A, después de conversar el asunto con su marido, increpó a su madre fuertemente por haber hecho comentarios a terceros que podían ser malinterpretados y hacerla quedar mal. La madre se sumió en llanto y depresión al verse en mitad de una negociación financiera en la que venderían su casa para adquirir la nueva vivienda, decía haber perdido todo interés en la mudanza, y respondió a su hija que lo que deseaba ahora era que la dejaran en paz hasta que llegara su fin.
El ejemplo es uno de la vida cotidiana. Permite ver cómo, ante un evento, cada participante tiene un punto de vista singular y subjetivo, que le lleva a entender sesgada y parcialmente, la situación observable. La visión de cada uno de los participantes no es a su vez aislada de la relación e ínter subjetividad que resulta del trato con cada uno de los otros significantes. Uno a otro se influencian y definen en campos de interacciones múltiples.
La Sra. A llevó su experiencia a su sesión, consternada ante la impresión de enfrentar una nueva crisis familiar. La terapeuta a su vez llevó la sesión a su supervisor. Su primera impresión había sido la de entender el problema de una forma global y más completa que la paciente, por lo cual sus primeras intervenciones fueron con tono explicativo. Sólo en la supervisión empezó a emerger que le resultaba fácil ubicarse en la posición del suegro de una de las hermanas de la Sra. A, aquel que planteó que quizás no habían tomado en cuenta los deseos de la viuda. Ella misma había tenido serios reproches de ese género después del fallecimiento no muy lejano de su propia madre.
Las intervenciones subsecuentes de la terapeuta estaban cargadas de peso en contra de la actitud de la paciente, al reclamar a su madre, haber realizado comentarios a terceros y de simpatía por la viuda. El desarrollo de las sesiones subsiguientes permitió entender cómo la paciente esperaba además ser reprochada, no tanto por su actuación con la madre, sino por la continua sumisión a su marido. El reproche a su madre resultaba de identificarse secretamente con el agresivo esposo y actuar abiertamente esa agresión velada contra su madre, una especie de identificación con el agresor, que le permitía además, dar forma y realidad a su fantasía de satisfacerlo. Por otra parte, atacar a la madre, secretamente también servía a los deseos de evitar su mudanza, pues temía que al tener a la madre más cerca oscilaría entre la sumisión al marido y sus anhelos de aproximarse regresivamente a su madre.
En el ejemplo anterior podemos ver las múltiples vertientes subjetivas que encontramos entre los participantes ante un evento de la vida real. Cuesta hoy entender que por tanto tiempo hayamos pretendido que la posición del analista pudiera ser independiente de subjetividad, y que al practicar podríamos tener una visión privilegiada o divina de lo observable. Cuando el paciente nos brinda su relato, lo hace desde su propia subjetividad, y ésta en ese momento, estará influenciada en multitud de vectores por nuestra propia presencia. A la vez, nuestro entendimiento es subjetivo e influenciado por el relato y su reverberación en nuestras propias huellas de historia significativa y personal.
En el ejemplo, la cascada de ínter subjetividades engloba e incluye también a la experiencia con el supervisor. No podemos decir que lo aparentemente revelado en torno al evento estuviera ya pre-hecho en la Sra. A, esperando por ser descubierto. Las supuestas explicaciones o comprensión que parecieron surgir en el análisis son simplemente posibilidades relativamente probables y que podrían encontrar “sentido común” en la pareja terapéutica una vez expresadas. Permiten una perspectiva distinta de la que existía previamente al encuentro ínter subjetivo, y expresan una “realidad” cuya mejor virtud es el posible consenso entre sus creadores. Pero otra de las virtudes de la nueva visión es la posibilidad de “explicar” lo sucedido, sus correlatos emocionales, y proveer una visión pragmática de los motivos subyacentes para el paciente.
En el fondo, la pareja analítica habrá construido o creado así una historia, que “funciona” o “explica” mejor que las otras anteriores, que podían ser causantes de malestares mayores o síntomas más severos. La dialéctica de la relación terapéutica inscribe así una nueva historia o verdad narrativa (Spence, 1982). La importancia del establecimiento de nuevas memorias estructuradas en este tipo de narrativas consensualmente creadas y validadas es probablemente, lo que hace posible la psicoterapia, y lo que permite al humano su posibilidad de independencia de lo histórico factual o de sus experiencias de trauma.
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